Biblioteca Popular José A. Guisasola

Campus virtual
Coordinadora: Julia Martín
Tallerista becada: Mónica Yacob




Texto: Mónica Yacob / Ilustraciones: Daniel Caminos

La doctora Elisa Rivas de Hernández tenía una vida plena. Estaba casada con un importante empresario, con dos hijos y el futuro asegurado. Ella era la mejor cirujana de la ciudad.
Una fría mañana de junio escuchó que su hijo menor se quejaba. Cuando lo revisó, notó que estaba muy mal y había que operarlo de urgencia. ¿Quién mejor que ella para asistirlo?

Organizó todo, buscó los más eficientes médicos y el instrumental apropiado. Se trataba de la vida de su pequeño y quería la mejor atención posible. La operación duró demasiado y todo empezó a complicarse. Sus órganos cada vez respondían menos. Terminó de operarlo y lo llevaron a terapia intensiva. El niño empeoraba segundo a segundo, estaba en coma y lleno de cables. Ella no se movía de su lado.
Pasaron algunos días, hasta que un domingo que era el día de la madre abrió sus ojos y en voz muy baja, dijo: mamá, no me duele nada, soy feliz y veo una luz blanca. Escucho la voz de la abuela que me llama. Solo quiero ir a casa, estoy cansado. La doctora haciendo un gran esfuerzo para no llorar, le dijo: Pronto nos vamos a casa. El pequeño sonrió, la miró y le dijo: Te quiero mucho mamita.

Y murió.

La mujer devastada corrió al pasillo a darle la noticia a su marido, quien furioso empezó a golpearla mientras le gritaba: ¡asesina, asesina! Ella se sentía impotente. Había salvado tantas vidas pero no pudo salvar a su hijo.

Pasó el tiempo y sentía que ya no podía vivir más así. Su marido la maltrataba y toda la casa le recordaba al niño. Sus juguetes, su cama, su lugar en la mesa, su risa cantarina. Entonces no pudo más, dejó todo y se marchó sin mirar atrás por temor a arrepentirse. Sabía que su otro hijo quedaba en buenas manos. No se llevó nada, se fue con lo puesto.

Caminó sin rumbo, hasta que el cansancio la venció y cayó rendida al costado de una calle. Ahí la encontró un camionero que la quiso ayudar. Ella le pidió que la llevara lo más lejos posible. Como el camionero iba al norte, la dejó en un pequeño pueblo de la puna jujeña.

Ahí quedó ella en la plaza, detrás de la quebraba la luna hacía su aparición. La gente del lugar era muy hospitalaria, le consiguieron ropa, una humilde cabaña cerca del pueblo y un trabajo de pastora de vicuñas. Se levantaba a las 5 de la mañana y después de tomar su mate cocido salía a pastar los animales, iba junto a otras mujeres. Ella se mantenía callada.


Fueron pasando los años y a pesar de su tristeza estaba en paz. La cabaña donde vivía era pobre, pero tenía una vista magnifica hacia los cerros multicolores, y a lo lejos se sentía el cantar de un arroyo.

Una mañana fue diferente, se levantó con un vacío en el estómago que no podía explicar. Estaba cuidando las vicuñas al costado de la calle, cuando un auto volcó casi enfrente de ella. Sin dudarlo corrió al lugar del hecho donde había un hombre, una mujer y una niña. No reparó en los adultos, sólo se ocupó de la menor que estaba muy mal. La tomó en brazos y la llevó al hospital del pueblo donde había quirófano pero no tenían medico. Entonces ordenó que prepararan todo porque iba a operar a la pequeña, y así fue como le salvó la vida.

Unos días después, fue a visitarla y cuando averiguó que todo estaba bien, decidió marcharse, pero un fuerte brazo la detuvo. Cuando giró, se encontró un hombre igual a su marido de joven. Lo conoció al instante, era su hijo. Quedó petrificada, lo escuchaba hablar lejos, él le preguntaba cómo era posible que una pastora fuera una cirujana tan eficiente. Y ella salió corriendo.

Intentando olvidar todo, un domingo, fue a la plaza y encontró a su hijo con una foto en la mano preguntando si la conocían. Todos se quedaron asombrados cuando ella le arrancó la foto de las manos y le dijo: Esa mujer era yo, pero ya no existe, ahora soy una pastora. El sorprendido, con lágrimas en sus ojos, le dijo: mamá, cuanto te busqué, y mirá donde te encuentro, El la tomó de los hombros y se sentaron en un banco de la plaza.

Entonces su hijo le contó que habían salido de vacaciones con su mujer y su hija, cuando en el viaje reventó una cubierta justo frente a ella, que lo que había pasado era un milagro, que no la quería volver a perder nuevamente. Entonces ella accede a reconstruir su familia pero Elisa no quería dejar el lugar que le había dado tanto.

Su hijo le contó que también era médico, igual que ella, que la gran ciudad lo había cansado. Así fue que compró una casa en el pueblo y la doctora arregló su cabaña para convertirla en un bello lugar donde pasaba horas hablando y jugando con su nieta. Después de tantos años, Elisa volvía a ser feliz. Como ahí había hospital pero no médico, le propuso a su madre atenderlo juntos.

Y así fue. En las mañanas salía a pastar las vicuñas con su ropa típica del lugar y a la tarde se ponía su guardapolvo de doctora para trabajar en el hospital.

De pronto la gente la empezó a llamar “La doctora coya”.

Texto: Mónica Yacob
El Perdido, 2015

Ilustración: Daniel Caminos
Córdoba, Marzo 2016





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Créditos: BibliopequeVAGABUNDIA Codrops ❘ Ilustración: ©Sofía Escamilla

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